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miércoles, 29 de julio de 2009

¡Que callen ellos!

Francisco Febres Cordero
Ahora resulta que para los ministros, secretarios o asesores del excelentísimo señor presidente de la República, quienes insultan y emplean un lenguaje agresivo y procaz son los periodistas.
Desde el inicio de su gobierno, el excelentísimo señor presidente de la República se dedicó a despotricar contra la prensa y los periodistas, a quienes ha endilgado, de manera sistemática, necia, los más burdos epítetos.
Sin embargo, para sus áulicos eso es justificable porque está llevando adelante una revolución y, por lo tanto, tiene la obligación de poner en su sitio a quienes le señalan errores y exigen rectificaciones. Por algo el excelentísimo señor presidente ha demostrado siempre tener la razón en todo, ser el único poseedor de la verdad y, como si eso fuera poco, ha ganado todas las elecciones posibles, lo cual le da potestad para erigirse en amo y señor de este país de siervos.
Los ministros y funcionarios del régimen bajan sumisamente la cabeza cuando el señor presidente les recrimina en público o en privado. Y eso está bien: están en su derecho. Seguramente su fe en eso que ellos llaman “el proyecto” no ha decaído y todavía se hallan dispuestos a jugarse enteros por él, aun a costa de su propia dignidad, de su (des)vergüenza y amor propio. Que, sonrojados, se muerdan la lengua refleja la absoluta sumisión ante quien consideran su patrón, su guía, su inspirador.
Sin embargo, quienes hemos visto cómo nuestros sueños de cambio han sido despedazados y hemos comprobado cómo la tal revolución ciudadana va tornándose en un experimento tan torpe y ciego como autoritario, no tenemos por qué silenciarnos ante las andanadas verbales que el excelentísimo señor presidente lanza contra todos aquellos que se atreven a pensar de manera diferente. ¡Que callen sus siervos, transmutados en esclavos del siglo XXI! Qué callen ellos y que bajen la cabeza, aunque luego –imitando los gestos de su amo– la levanten para acusar de ser los promotores de violencias verbales y exabruptos a quienes llaman enemigos de la revolución ciudadana.
Ahí están ellos, tan modositos, tan acoquinados a la hora de aceptar las reprimendas presidenciales y tan prepotentes, tan ensoberbecidos, tan arrogantes, tan henchidos de poder al momento de reclamar a los otros por lo que consideran faltas a la majestad del presidente o a esta revolución de camarillas, trampas y ocultamientos.
Y uno se pregunta: ¿qué buscan, qué pretenden con sus amenazas, con sus voces destempladas aquellos funcionarios que viven bajo el terror de su jefe y, ante los demás, se dan a ensayar bravuconadas, gestos desafiantes, palabras altisonantes? ¿Qué pretenden si no, tal vez, ganar una palmada de felicitación de su señor, la invitación a un viaje en el avión privado o a un desayuno con yuca, bolón de verde, cebiche y puerco hornado al más puro estilo belga?
Si ellos callan ante el menosprecio y la arrogancia de su jerarca es porque han escogido el servilismo como opción. Pero que no crean que porque han optado por la sumisión, este es un país de eunucos donde todo aquel que es agraviado debe soportar las afrentas tembloroso, con la cabeza baja y en silencio.

martes, 9 de junio de 2009

El poder y el miedo

Francisco Febres Cordero
A la perfección de un régimen perfecto, integrado por funcionarios sabios e impolutos, se contrapone la imagen de una prensa corrupta conformada por periodistas torpes y venales, siempre listos a distorsionar los hechos.
Con pertinaz insistencia, el docto, brillante, altruista, joven y carismático Primer Mandatario lanza toda la artillería pesada de su verbo contra esa prensa idiota que no solo que no entiende su labor sino que, además, la tergiversa y empaña con proverbial mala fe. Él, que encabeza el bando de los buenos, rompe lanzas contra aquellos malos que, situados en el extremo opuesto del poder, unas veces se atreven a cuestionar sus ejecutorias y otras a señalar sus errores.
Es esa prensa perversa la que, con torpeza e ignorancia, logra registrar el instante en que un hambriento funcionario público engulle un puñado de cheques frescos, crocantes, más que para saciar su apetito, para no poner en evidencia a sus superiores jerárquicos que tenían el deber, aun en el supuesto de que hayan estado mirando hacia otro lado, de controlar su glotonería y frenar sus excesos.
Es esa prensa la que reclama con tenaz insistencia una aclaración aunque sea medianamente convincente sobre las relaciones que algunos funcionarios del Gobierno mantenían (¿y mantienen?) con las FARC. Es esa prensa que se resiste a que le quieran hacer pendeja y no se deja engatusar con la vieja, gastada cantaleta de que todo obedece a un complot fraguado por la CIA y al estipendio que los periodistas –todos, aunque quizás unos más que otros– reciben de potencias extranjeras.
Es esa prensa que exige rendición de cuentas en los distintos órdenes del quehacer público, que van desde los “pativideos” hasta los contratos adjudicados sin licitación, pasando por groseras violaciones a las leyes, descabezamiento de instituciones y graciosas interpretaciones a la Constitución recién parida.
Es esa prensa amarillista y truculenta que sale a denunciar, por igual, la brutal represión de Dayuma que cada una de las prisiones ordenadas por el Primer Mandatario y ejecutadas por su numerosísima guardia pretoriana, contra individuos que, desde una esquina cualquiera, osan expresar con un gesto su descontento y frustración y, con ello, avasallan una majestad que nadie sabe en qué mismo consiste aunque todos sabemos en quién mismo radica.
Es esa prensa amañada la que reclama por la injerencia del Ejecutivo en las otras funciones del Estado y por la servil sumisión de ciertos funcionarios que, llamados a fiscalizar, solo tienen manos para aplaudir las acciones del régimen y cintura para ejercitar genuflexiones ante su máximo líder.
Es a esa prensa a la que el Presidente de la República quiere acallar valiéndose de cualquier necia artimaña. Paralelamente, aconseja leer exclusivamente el periódico oficial, donde cotidianamente se entroniza la única verdad, irrebatible, incuestionable, irreductible, con lo cual pone en evidencia una de sus mayores debilidades: el miedo.
Miedo a que alguien pueda juzgarle a él, dueño absoluto de todas las razones, poseedor único de todas las verdades y, además, alumbrado por todas las ciencias hasta ahora conocidas.
7-Jun-09

jueves, 29 de enero de 2009

Conartel no permite sondeos en radio y TV

Hubo una denuncia contra dos programas
Ayer se confirmó que el Consejo Nacional de Radiodifusión y Televisión (Conartel) decidió que las estaciones de radio y televisión que incluyen en su programación encuestas, consultas o sondeos de opinión pública "eliminen apreciaciones o afirmaciones que atenten contra la honra, dignidad y buen nombre de las personas".La decisión del Conartel se tomó luego de analizar una denuncia en contra de los programas Hora Siete (de Teleamazonas), y Contacto Directo (de Ecuavisa).El comunicado del Conartel dice que las estaciones deben evitar "afirmaciones no veraces ni verificadas respecto de hechos, procesos y acontecimientos (...) que no puedan ser objeto de verificación posterior por parte de los ciudadanos".Carlos Jijón, vicepresidente de Noticias de Teleamazonas, dijo ayer que en Hora Siete no se emiten este tipo de sondeos, y que con esto el Gobierno "está buscando herramientas para presionar a los medios de comunicación".Ángel Sánchez, de Ecuavisa, dijo que desde hoy en Contacto Directo no saldrán al aire los comentarios del público, y que si se toman otras medidas se las hará conocer en ese mismo espacio. (JRI)

lunes, 22 de septiembre de 2008

No callar y vencer el miedo

Manuel Ignacio Gómez Lecaro
Este lunes Carlos Vera recibió un merecido homenaje. Más que un homenaje al periodista, fue un llamado a la defensa de esa libertad de expresión que Rafael Correa tanto aborrece
Más allá de estilos y formas de pensar, Carlos Vera es símbolo de ese periodismo frontal, que encara sin miedo al poder. Por eso nunca ha sido el favorito de quienes hacen del poder un arma para controlar, en lugar de una herramienta para servir
Entre ellos están Rafael Correa y muchos en su gobierno, quienes no entienden realmente lo que significa la libertad de expresión. Es verdad que aquí no hay periodistas encarcelados ni torturados. Pero Correa utiliza otros métodos para atacar e intentar limitar nuestra libertad.
Este Gobierno ataca la libertad de expresión al interrumpir descaradamente el programa de Carlos Vera, con cadenas de televisión con dedicatoria. Al presentar una denuncia penal contra el director de un diario por un editorial que no le gustó. Al insultar, desprestigiar y ridiculizar a periodistas que día a día se juegan el pellejo por mostrar la verdad. Al inundar los canales de televisión con cadenas nacionales que imponen su visión de los hechos, burlándose en la cara de la visión más imparcial que brindan los canales en sus noticieros. Y sobre todo, al promocionar un proyecto de Constitución que le permitiría agarrar a los medios por el cuello con nuevos mecanismos de censura y la amenaza de que el Estado se convierta en su dueño parcial.
Cuando uno ve el escaso entendimiento de nuestro Presidente de lo que la verdadera libertad de expresión significa, uno duda que haya vivido y estudiado en Europa y Estados Unidos. De lo contrario, sabría aceptar e ignorar, como lo hacen mandatarios de países desarrollados, las críticas frontales e incluso las burlas y parodias contra el poder de turno. La visión de Correa está muy lejos de la de esos países. Se acerca más bien a visiones dictatoriales que en lugar de encontrar en los medios de comunicación y sus periodistas a aliados de la verdad, encuentra en ellos a obstáculos y enemigos que derrotar.
Uno de los momentos más divertidos del homenaje a Carlos Vera fue cuando en un video sobre su trayectoria periodística se mostró una entrevista al candidato Rafael Correa. Ahí, el sonriente futuro presidente felicita a Carlos Vera, a su programa y a Ecuavisa por su objetividad e imparcialidad ejemplares. Todos en el público nos reímos. ¿Es ese el mismo Correa que hoy despotrica justamente contra los medios más serios y objetivos? ¿Dónde se fue ese candidato que parecía abierto, liberal y democrático?
Carlos Vera aceptó en su discurso haber pecado de ingenuidad al apoyar en su momento a Rafael Correa, ignorando a quienes le advertían el peligro que ese joven candidato representaba. No es ni será el único arrepentido y desilusionado.
Mientras existan periodistas defendiendo nuestro derecho a hablar, opinar, cuestionar, criticar, desafiar, reclamar y decir lo que tenemos en nuestras cabezas, los Correas del mundo tendrán problemas al imponer sus engaños. Carlos Vera repite todas las mañanas en su programa que no debemos callar. Que debemos vencer el miedo. Él lo hace a diario. Mientras sean más, el futuro no se ve tan mal.