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martes, 27 de septiembre de 2011

El triste oficio de Fernando Alvarado

Por: Felipe Burbano de Lara
Fernando Alvarado dedica buena parte de su tiempo como secretario de Comunicación a contestar la lluvia de críticas que vienen desde fuera por el escandaloso juicio en contra del diario El Universo y la precaria vigencia de la libertad de expresión en el país. Se ha convertido en un servidor ejemplar de la causa revolucionaria, con una sorprendente capacidad para repetir los mismos argumentos frente a críticos tan diversos y escamotear siempre los problemas de fondo. Alvarado ha enviado cartas al The Washington Post, al Comité de Protección de Periodistas, a Human Wrights Watch, a la Sociedad Interamericana de Prensa, a Reporteros sin Frontera, organizaciones todas que han expresado de distinto modo su alarma por la libertad de expresión en el Ecuador, el alcance del juicio a diario El Universo, y la hostilidad del presidente hacia los medios (Reporteros sin Fronteras habla de una "guerra mediática"). En todas las cartas, el secretario repite más o menos lo mismo: que los periodistas tienen libertad para ejercer su profesión, que el Gobierno solo busca una verdadera democratización de la comunicación, que son cuatro familias propietarias de grandes medios las únicas alarmadas por lo que ocurre en el país y que el Gobierno busca desprivatizar la palabra para que el ciudadano común sea respetado (esta última tesis resulta de antología). Sus interlocutores deben sorprenderse por no haber sido capaces de constatar el cambio que se respira en el Ecuador y haber sido engañados de manera tan infame por las cuatro familias dueñas de la opinión. Alvarado tiene la admirable capacidad de argumentar a favor de lo que para ninguna de las organizaciones resulta evidente en el Ecuador.

En todas sus cartas, ni una mirada, ni de reojo si quiera, a la cantidad de medios estatales y a la calidad de su labor periodística. Ni una sola mención a la abrumadora propaganda gubernamental ni a la agresividad presidencial de cada sábado. Menos todavía una reflexión de por qué, bajo la revolución ciudadana, el espacio de las libertades, el flujo de opiniones, el intercambio de posturas, el tono de la controversia pública, se volvieron tan escabrosos y violentos. Tampoco un solo comentario a la cifra de $40 millones con la que el presidente quiere restablecer su honor, tan defendido por Alvarado en cada una de las cartas, y que resulta incomprensible para las organizaciones a las que ha contestado. La complicidad de los funcionarios gubernamentales frente al monto reclamado por Correa en el juicio habla mucho de sus condiciones éticas.

El espíritu de la revolución queda bien retratado en este pequeño funcionario, a quien el poder le ha llegado a cada una de las neuronas. Detrás de la seguridad con la que sostiene sus cuatro tesis, salta a la vista su capacidad para presentarse como portador de la verdadera comunicación, de la verdadera democracia, de la verdadera ética periodística, de la información verdadera. Ojalá alguna vez haya redactado una noticia y colocado un titular de prensa para saber de lo que habla. La firmeza de su postura se basa en una fórmula sencilla, común a nuestros revolucionarios: ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Una larga y penosa tarea le sigue esperando al agobiante Fernando Alvarado.

 Fuente:  http://www.hoy.com.ec/noticias-ecuador/buzon-de-lectores-1021-503195.html

martes, 18 de mayo de 2010

La revolución en su laberinto

Por Felipe Burbano de Lara
El conflicto entre el Gobierno y el movimiento indígena por la Ley de Aguas muestra la poca consistencia de la revolución ciudadana frente a sus postulados de transformación democrática. La radicalización de los indígenas ha provocado una suerte de corto circuito ideológico en la conducta del Ejecutivo y de la Asamblea, el que los conduce a un laberinto político. ¿Cree el Gobierno en la participación como un mecanismo democratizador? ¿Cree en el Estado plurinacional proclamado con bombos y platillos en el proceso constituyente? ¿Cree en los derechos colectivos?
El texto constitucional entró en tensión con la lógica del poder que mueve al presidente Correa y a la pequeña élite política que lo acompaña en el Gobierno. La radicalización de las luchas indígenas, que son un producto del mismo discurso transformador que inspiró el proceso constituyente, se opone a la racionalidad de una élite política de clase media convencida de su propia ilustración, su genialidad y de representar ella misma a la mayoría de la nación. De esa nación, por lo pronto, se encuentran ya excluidos los indígenas, a quienes el presidente de la República niega legitimidad política por ser una simple minoría. Esa crítica revela que la concepción de una democracia mayoritaria, con la que se maneja el Gobierno, resulta incompatible con el Estado plurinacional. De revolucionarios, han pasado a ser una élite reaccionaria que no escatima ningún argumento, ni siquiera los más bajos e innobles, para cuestionar a quienes se oponen a su visión del Estado. El sábado último, el presidente invitó a las comunidades indígenas a rechazar la presencia de sus dirigentes, contra quienes lanzó malévolas acusaciones (trogloditas, mentirosos, corruptos). Correa insita a la división y a la violencia entre los indígenas para defender su poder.
Ese mismo poder no sabe hoy cómo fiscalizar ni cómo legislar. Cerró filas en contra de quienes vieron en el fiscal Pesántez una figura incompatible con los principios éticos de la revolución ciudadana. Ahora, cierra filas en contra de un movimiento que le pone frente al espejo de sus inconsistencias. Fernando Cordero se acordó de la disposición constitucional que obliga a consultar a pueblos y nacionalidades sobre temas que afecten sus intereses, solo cuando las movilizaciones llevaron a la Ley de Agua a un bloqueo. ¿Por qué no planteó la misma opción desde el inicio? La respuesta es fácil: porque creían que aún podían disponer del país como a ellos más les conviene. Pero el panorama se enreda en la falta de convicción frente a la retórica ciudadana y sus promesas refundadoras. En su intención por desmovilizar a los indígenas, de dividirlos, han entregado a comunas, comunidades, pueblos, nacionalidades indígenas, afroecuatorianos y montuvios un instrumento poderoso para bloquear procesos legislativos en el futuro. Han terminado enredados en sus propias confusiones ideológicas, en sus experimentaciones constitucionales y en su ambigua proclama como revolucionarios.

martes, 15 de diciembre de 2009

Patrón Correa

Por Felipe Burbano De Lara
La forma cómo el presidente de la República trató el tema de la repatriación de una parte de la reserva monetaria internacional de libre disponibilidad por parte del Banco Central muestra que se maneja en el poder como un patrón; como si el país le perteneciera y debiera responder a su voluntad sin abrir la boca. El mandatario simplemente ordena, y todos los demás deben acatar sus decisiones o se van. Él es el patrón, y sus funcionarios, una suerte de súbditos: personas subordinadas,
obligadas a guardar silencio y a bajar la cabeza,
a tomar su voluntad como omnímoda y absoluta.
Ahí está, como muestra, Carlos Vallejo, quien se fue del cargo agradeciéndole al presidente por haberle devuelto la fe en sus principios.
¿Cuáles serán los principios de Carlos Vallejo?
Todos los ministros quedaron descolocados frente al patrón porque votaron en el Directorio del Banco Central a favor de pedir garantías a la banca pública antes de entregarle los recursos de la reserva.
¿Por qué lo hicieron?
¿Por qué acogieron favorablemente la recomendación de los técnicos, tratados de "burócratas apátridas" por el patrón Correa?
Fue patético ver a los ministros tan dubitativos frente a las cámaras sin poder explicar su conducta. Vallejo llegó a lanzar esta perla: voté a favor aunque estaba en contra (de las garantías). He ahí el hombre de principios. Pero el tema que provocó la reacción furiosa del presidente debería alarmar a todos: se entregarán $850 millones de la reserva internacional a una banca pública cuya eficienia es más que dudosa.
Correa es muy simplista al momento de argumentar a favor de la decisión:
¿por qué tener fuera del país recursos que pueden servir para estimular el desarrollo nacional?
Inobjetable.
Pero colocar esos recursos en el aparato productivo a través de la banca pública presupone dejar de lado el tema crítico:
la eficiencia de la banca pública.
No es un problema de prejuicio ideológico sino de objetividad:
¿cuál es la capacidad del Banco de Fomento o de la CFN para prestar y luego recuperar la cartera?
La historia de condonaciones y pérdidas es muy larga como para no tenerla en cuenta.
¿Nos podrían mostrar balances de las dos entidades? ¿No corremos el riesgo de feriarnos una parte de las reservas? Pero como el patrón cree que su voluntad basta para cambiar el mundo… Lo mismo sucede en muchos otros campos:
el Gobierno inyecta recursos al aparato estatal sin considerar que se trata de un aparato de una gigantesca ineficiencia y corrupción. Lo que el Gobierno no discute con seriedad, porque es una verdad incuestionable de su discurso, es cómo provocar un retorno eficiente del Estado.
Los ministros que votaron a favor de las garantías le deben una explicación al país. Quizás todos ellos debieran irse junto a Vallejo, por su propia dignidad.
Deben quedarse solo aquellos funcionarios orondos, fascinados con el poder, bien enternados, dispuestos a satisfacer a pie juntilla las órdenes del patrón.
El país convertido en hacienda.
Hasta la victoria siempre, compañeros.

martes, 18 de agosto de 2009

El revolucionario Correa

Por Felipe Burbano de Lara
En la ceremonia de posesión realizada en el Estadio Olímpico Atahualpa, Rafael Correa pareció convertirse en auténtico revolucionario. Lo que hasta entonces había sido más bien un adorno retórico de Alianza País -con aquello de la revolución ciudadana- adquirió ese día un sentido de identidad política más fuerte, de cara al nuevo mandato gubernamental. El acto fue una especie de ritual de consagración al socialismo y a la revolución teniendo como padrinos a Raúl Castro -pifiado largamente en el estadio- y al espantoso coronel Hugo Chávez. Correa se diferencia largamente de otros líderes populistas ecuatorianos por esta adhesión al socialismo, y porque su revolución pretende hundir sus raíces en una narración histórica de tiempo largo vinculándola con las luchas libertarias del pueblo. En los dos actos de posesión, Correa apeló al bolivarianismo y al alfarismo como fuentes inspiradoras del actual proceso. En ellas intenta mostrar al pueblo que hay una historia de luchas y de revueltas donde legitimar su anhelo de cambio. A esas dos fuentes ideológicas se unió con fuerza el socialismo.La pregunta es ¿cuál socialismo? ¿Correa actuó por convencimiento revolucionario o para congraciarse ante sus padrinos? ¿Cree en la revolución y en el socialismo, o juega con ellos para levantar fantasmas y miedos? El socialismo que emerge de su cabeza resulta una mezcla confusa, poco sistemática, de ideas provenientes de los siglos XIX, XX y XXI. Cuando habla de rescatar el trabajo humano de las monstruosidades del capitalismo, se pone los lentes de Marx y se remonta al siglo XIX. Cuando habla de formar los Comités de Defensa de la Revolución, se va a las tradiciones policíacas y represoras del socialismo cubano en el siglo XX. Y cuando imita a Chávez, se va al socialismo caudillista del XXI.Lo único más o menos claro de su socialismo es que le sirve como instrumento para entrar en tensión con la democracia, el capitalismo y el liberalismo, siempre incómodos para él. Las pistas que dio en su discurso ante el Congreso lo definen por los siguientes aspectos: fortalecimiento del poder estatal, subordinación del mercado a una lógica social e igualitaria de las relaciones sociales, predominio del Ejecutivo por encima de los otros poderes del Estado, defensa irrestricta de la soberanía nacional, y consagración de un liderazgo heroico -delirante- que legitima su poder en la teleología histórica de la libertad de los pueblos. Todo lo anterior envuelto en la bandera de la nación y la patria.La fusión de estos elementos produce, como hemos visto frente al conflicto con Colombia, un feo y peligroso lado belicista, hacia adentro y hacia fuera de la nación. ¿No constituye una irracionalidad que el país haya discutido la semana pasada la eventualidad de un conflicto militar con Colombia? ¿No es una irracionalidad estar gastando tantos recursos en armas? ¿Jugamos o hablamos en serio? Bolivarianismo, alfarismo y socialismo se han juntado para formar un coctel explosivo, con un presidente por momentos muy persuadido de su propio ser revolucionario. ¿Juega o habla en serio?