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jueves, 30 de diciembre de 2010

‘Vanguardia’ y el arte de injuriar

Carlos Jijón
En su célebre ensayo sobre El arte de injuriar, Jorge Luis Borges postula que el insulto no es menos convencional que un diálogo de novios y argumenta que las recetas callejeras del oprobio ofrecen una ilustrativa maqueta de lo que puede ser la polémica. El hombre de la calle, por ejemplo, adivina la misma profesión en la madre de todos, o quiere que se muden a un lugar poco higiénico, “y una insensata convención ha resuelto que el afrentado no sea el agresor, sino el atento y silencioso auditorio”. Su método, resume, es la intromisión de sofismas; su única ley, la simultánea invención de travesuras; tiene, eso sí, la obligación de ser memorable.

El “insolente recadero de la oligarquía", pronunciado hace 30 años por el presidente Jaime Roldós en contra del entonces líder opositor León Febres-Cordero, resuena todavía en la memoria histórica del país. Casi tanto como cuando el también ex presidente Carlos Julio Arosemena, entonces de representante nacional, profirió contra otro legislador el vituperio de "catador de urinarios". Ni siquiera un lenguaje se necesita. Allanar la revista Vanguardia con un cuerpo especial de la Policía, como si de peligrosos delincuentes se tratare, e incautar la información contenida en las computadoras alegando no ningún delito de pensamiento, sino la mora en el pago de la renta puede ser tan devastadoramente injurioso como, según cuenta Borges, podía serlo en la Verona de Shakespeare, o en cualquier lupanar de Londres, morderse el pulgar o tocar la barbilla del hombre al que se quiere ofender.

El objetivo es denigrar. Y que la ofensa se recuerde siempre. Yo no creo que el interés en llevarse las computadoras, supuestamente embargadas, o el registrar las carteras de las reporteras, a manos de personal armado, se deba al deseo de impedir que la publicación salga nuevamente tanto como el de difamar a la publicación y a sus periodistas. No importa cual sea el resultado del juicio de inquilinato o si Vanguardia debía o no pagar una renta a la AGD. Lo que se quiere es descalificar a quien se considera contrario por el mero hecho de que no se somete y hace lo necesario para ejercer el periodismo con independencia. Y, por supuesto, atemorizarlos. No solo a ellos, sino también a los demás. El método ni siquiera es original. Otras dictaduras han actuado ya de manera semejante. Quizá la más célebre, la del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo, mandamás de la República Dominicana, cuyos servicios de inteligencia se encargaban también de liquidar moralmente al opositor al que habían hecho desaparecer.

Vituperar al contrario ahorra el esfuerzo de refutar sus argumentos. Negar el contenido del libro El Gran Hermano, escrito por el director de Vanguardia, Juan Carlos Calderón, por ejemplo, es más fácil si, en vez de argumentar, le gritamos que pague el alquiler que debe. Una vindicación elegante de esas miserias puede invocar la tenebrosa raíz de la sátira, para decirlo en las enigmáticas frases del gran Borges.

jueves, 8 de abril de 2010

El Telégrafo en su laberinto

Por: Carlos Jijón
Leí en la prensa que 23 editorialistas del diario El Telégrafo (que se describe a sí mismo como el primer diario público del Ecuador) renunciaron a sus columnas a principios de esta semana alegando "falta de independencia administrativa, editorial e informativa", al mismo tiempo que anuncian la presentación de una propuesta para que "ni este ni ningún otro Gobierno interfiera" en el manejo, debe entenderse, de ninguno de los medios de comunicación que actualmente se encuentran en manos del Estado. El hecho ocurre poco después de la remoción del director del diario, Rubén Montoya, y coincide con dos hechos gravísimos: la sentencia a tres años de prisión en contra del editor de Opinión del diario El Universo, Emilio Palacio, y la tramposa inclusión en la Ley de Participación Ciudadana de un artículo que permitirá que el Gobierno pueda exigir una "rendición de cuentas" a los medios de comunicación.
Y no es que yo crea que El Telégrafo se haya desenvuelto en algún momento como un medio público, independiente del Gobierno. Nunca lo fue. Desde el nombramiento de su primer director, que recayó casualmente en un antiguo amigo de la juventud y coideario del presidente de la República, hasta la eliminación de su página editorial de cualquier persona que pueda pensar de manera distinta del grupo que ostenta actual (y transitoriamente) el poder, pasando por una política informativa que desechaba instintivamente las noticias que hubieran podido incomodar al régimen
Yo creo que El Telégrafo nunca llegó a ser un medio público, sino que se convirtió en uno periódico al servicio de los intereses del Gobierno. Y que la pugna que ha terminado con la salida de Rubén Montoya de la Dirección del periódico y la renuncia de 23 columnistas obedece a la necesidad de profundizar esa dependencia y trasladarla del Gobierno al partido del Gobierno.
Cabe aquí una disquisición que considero importante.
¿Existe realmente un partido de Gobierno?
¿Existe realmente Alianza País como un partido de Gobierno?
¿O lo único que realmente existe es un buró político, que nadie ha elegido y que toma realmente las decisiones, por encima aún de los asambleístas que ganaron las elecciones y que los ministros que son responsables ante la Ley?
Yo creo más bien que el laberinto en que se halla sumido El Telégrafo no es porque antes haya sido un medio público independiente y ahora haya dejado de serlo, sino porque ha pasado ahora a ser totalmente dependiente del buró, como lo fue, desde el principio, el resto de los medios en manos del Estado.
Creo también que es importante entender tanto la crisis de El Telégrafo, como la prisión contra el editor de El Universo, así como el veto de la Ley de Participación, como una parte de esa radicalización del proyecto socialista que el presidente Correa anunció desde el día que fue reelegido.
El sometimiento de los demás, aún de los del mismo grupo, a un proyecto de dominación.
De eso se trata la revolución ciudadana.