Iván Sandoval Carrión
Quiero un país donde, si el presidente de la República demanda a un columnista y a su periódico, más bien exija: 1) Disculpas y rectificación públicas de las frases supuestamente injuriosas; 2) Quinientas horas de servicio comunitario para cada uno de los acusados, distribuidas entre la Fundación Un Techo para mi País, el Instituto de Neurociencias Lorenzo Ponce y el Hospital Baca Ortiz, u otras instituciones afines; 3) Una indemnización en dólares equivalente a la raíz cuadrada de menos uno, y 4) El pago de todos los costos procesales. Con ello, dicho presidente debería estimar que su honor –que es incuantificable– obtendría completa satisfacción. De esa manera, ese presidente plantearía una demanda genuinamente histórica y ejemplar, y además, podría creer que concede una alternativa edificante a los acusados y una enseñanza a los medios y a todos los ecuatorianos.
Artìculo completo en: http://www.eluniverso.com/2012/03/06/1/1363/hijos.html
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martes, 6 de marzo de 2012
martes, 28 de diciembre de 2010
Operación Vanguardia
Iván Sandoval Carrión
La reciente incursión de autoridades judiciales en representación del Fideicomiso AGD-CFN en las instalaciones de la revista Vanguardia, acompañadas por un escuadrón del GIR y reporteros de los medios gubernamentales, contiene dos advertencias claras y contradictorias, según desde qué sector se interprete el acontecimiento. Desde el Gobierno, se trata de un embargo legítimo por morosidad en el pago de un arriendo, y el mensaje es: “Hacemos cumplir la ley”. Desde los afectados y desde la prensa no gubernamental y crítica con el Gobierno (la mitad más uno en el Ecuador), se trata de un ilegal secuestro de equipos que contienen información importante, y el intimidante mensaje es inequívoco: “Bajen el tono y dejen de husmear en los asuntos del círculo íntimo de Carondelet”.
¿Podemos realizar otras lecturas? Intentémoslo, replanteando una pregunta olvidada pero necesaria: ¿Cuál es el sentido de la existencia y la función propia de la Policía Nacional en la República del Ecuador? Después del 30-S es imperativo renovar esta pregunta en un país malacostumbrado folclóricamente a tolerar que el poder político utilice a la Policía como “muchacha de mano puertas adentro para todo servicio”. Me pregunto si los policías ecuatorianos se han dado cuenta de que sus relaciones con el poder político en nuestra sociedad pasan por ese lugar. Porque si el Grupo de Intervención y Rescate es un grupo de élite especializado en operaciones de combate al crimen que eventualmente requieran el uso de la fuerza y el empleo de armas de fuego, la utilización del GIR en la Operación Vanguardia implicó un uso inapropiado de este grupo.
Uno de los sentidos más antiguos del vocablo “perversión” se refiere a la utilización de un objeto o dispositivo para fines completamente diferentes a aquellos que le son propios. Desde hace tiempo, la relación del pueblo ecuatoriano con la Policía está sesgada por el supuesto popular de que la fuerza policial es una institución “básicamente perversa”. Quizás deberíamos empezar a interrogarnos –para intentar una rehabilitación de esa entidad– si además la Policía no es una institución “originalmente pervertida” por el poder político, con nuestra complicidad. La utilización del GIR en el asunto Vanguardia no es irrelevante y colorea al acto de significados que exceden al mero cumplimiento de una diligencia judicial; lo convierte en un acontecimiento político, en una significante exhibición de poder y en un ejercicio equívoco que se presta a diferentes interpretaciones, todas derivadas de la guerra no declarada que el presidente Correa sostiene con la prensa adversa.
Para ampliar más el abanico de lecturas a elegir, añadamos algunas preguntas simplonas que muchos ecuatorianos comunes querríamos plantear a Vanguardia, cuando nos enteramos del estatuto irregular del inmueble que ocupaba la revista y que estaba en poder de la AGD. ¿No resultaba contradictorio, o por lo menos ambiguo, permanecer en ese inmueble si se mantiene esa línea de periodismo de investigación y análisis crítico de los actos del Gobierno, y sabiendo cómo funcionan nuestras instituciones estatales? ¿No fue un gesto de candidez superlativa, o –lo que finalmente da igual– un acto de confianza extrema en el correcto funcionamiento de nuestro aparato judicial y en la absoluta independencia de todos nuestros poderes e instituciones frente a la voluntad del Ejecutivo?
¿Podemos realizar otras lecturas? Intentémoslo, replanteando una pregunta olvidada pero necesaria: ¿Cuál es el sentido de la existencia y la función propia de la Policía Nacional en la República del Ecuador? Después del 30-S es imperativo renovar esta pregunta en un país malacostumbrado folclóricamente a tolerar que el poder político utilice a la Policía como “muchacha de mano puertas adentro para todo servicio”. Me pregunto si los policías ecuatorianos se han dado cuenta de que sus relaciones con el poder político en nuestra sociedad pasan por ese lugar. Porque si el Grupo de Intervención y Rescate es un grupo de élite especializado en operaciones de combate al crimen que eventualmente requieran el uso de la fuerza y el empleo de armas de fuego, la utilización del GIR en la Operación Vanguardia implicó un uso inapropiado de este grupo.
Uno de los sentidos más antiguos del vocablo “perversión” se refiere a la utilización de un objeto o dispositivo para fines completamente diferentes a aquellos que le son propios. Desde hace tiempo, la relación del pueblo ecuatoriano con la Policía está sesgada por el supuesto popular de que la fuerza policial es una institución “básicamente perversa”. Quizás deberíamos empezar a interrogarnos –para intentar una rehabilitación de esa entidad– si además la Policía no es una institución “originalmente pervertida” por el poder político, con nuestra complicidad. La utilización del GIR en el asunto Vanguardia no es irrelevante y colorea al acto de significados que exceden al mero cumplimiento de una diligencia judicial; lo convierte en un acontecimiento político, en una significante exhibición de poder y en un ejercicio equívoco que se presta a diferentes interpretaciones, todas derivadas de la guerra no declarada que el presidente Correa sostiene con la prensa adversa.
Para ampliar más el abanico de lecturas a elegir, añadamos algunas preguntas simplonas que muchos ecuatorianos comunes querríamos plantear a Vanguardia, cuando nos enteramos del estatuto irregular del inmueble que ocupaba la revista y que estaba en poder de la AGD. ¿No resultaba contradictorio, o por lo menos ambiguo, permanecer en ese inmueble si se mantiene esa línea de periodismo de investigación y análisis crítico de los actos del Gobierno, y sabiendo cómo funcionan nuestras instituciones estatales? ¿No fue un gesto de candidez superlativa, o –lo que finalmente da igual– un acto de confianza extrema en el correcto funcionamiento de nuestro aparato judicial y en la absoluta independencia de todos nuestros poderes e instituciones frente a la voluntad del Ejecutivo?
http://www.eluniverso.com/2010/12/28/1/1363/operacion-vanguardia.html?p=1363&m=788
jueves, 25 de febrero de 2010
El Reyecito
Iván Sandoval Carrión
Quienes ya peinamos canas –según la frase hecha– o ya no tenemos mucho que peinar, seguramente recordamos la figura de El Reyecito (The Little King), el simpático personaje de la tira cómica creada en 1930 por el dibujante y humorista norteamericano Otto Soglow, y que aún se publicaba en nuestros diarios a comienzos de los años sesenta.
Bajito, regordete, goloso y puerilmente arbitrario, El Reyecito ponía en acto su particular concepción de que “el pueblo soy yo” para resolver todos los asuntos del Estado según su capricho personal y su lúdica conveniencia, sometiendo a incruentas humillaciones a todos los seres vivos del reino, a quienes consideraba “súbditos” (incluyendo gatos y palomas), para verificar su poder en cada entrega semanal del cómic, aunque jamás condenaba a nadie a muerte ni a tortura.
En la España franquista, El Reyecito era una de las tiras más leídas y disfrutadas por el público, pues los editores de las principales revistas de historietas lo incluían en alusión al Generalísimo. Aparentemente, Franco jamás vetó al personaje, no sabemos si por un residuo de condescendencia democrática, o simplemente porque no entendió la indirecta:
aunque todos los paranoicos son suspicaces, no todos son tan inteligentes.
Sin saberlo y sin haberlo vivido, Soglow caricaturizó el rostro más amable del personaje más opresivo en la vida de los pueblos: el gobernante totalitario. No ha habido época en la historia de la humanidad en la que no haya surgido algún personaje que lo encarne, generalmente convencido de que su mesiánico destino es salvar a su pueblo de cualquier forma de infortunio.
“¡Alerta, alerta que camina, el mismo despotismo por América Latina!”, podríamos corear actualmente, parafraseando el eslogan que se canta en nuestra tierra desde hace treinta años, adaptándolo al héroe o al villano de turno de acuerdo a las cambiantes circunstancias políticas.
Ya no están de moda los dictadores y menos si son militares; los verdugos que torturaron a la Argentina, Chile, Brasil y Uruguay vacunaron a nuestro continente contra ese azote.
Asistimos a una nueva moda de la eterna aspiración a la omnipotencia, la que algunos llaman “dictadura constitucional” a despecho de la aparente contradicción; hoy se trata de disfrazarse de constitucionalidad para copar todos los poderes del Estado en el nombre de lo que permiten unas leyes que se inventan o modifican continuamente para el efecto.
Es la moda que usan este verano algunos presidentes, ya sean diestros, zurdos, mancos o ambidextros.
La fresca imagen de un presidente constitucional en ejercicio, señalando con su dedito algunos edificios de Caracas y decretando: “¡Exprópiese!”, podría evocar a la figura de El Reyecito, si no fuera porque se trata de un asunto realmente serio que nos obliga a plantearnos una pregunta muy importante, con implicaciones sociales, económicas, políticas y hasta clínicas:
¿Cuál es exactamente la diferencia entre un gobernante que cree que debe permanecer indefinidamente en el poder hasta transformar irreversiblemente a su país, y un delirante megalómano que está convencido de que alguna potencia superior –divina quizás– lo ha escogido para salvar a su nación y no existen límites de tiempo ni de la realidad para el cumplimiento de su sagrada misión?
¿Acaso siempre debemos creerles aquello de que Vox populi, vox Dei?
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