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viernes, 7 de enero de 2011

¿Qué pasó, el sábado, en Brasilia?

Gonzalo Peltzer

La presidenta argentina, Cristina Fernández, viuda de Kirchner, no asistió a la asunción de Dilma Rousseff como presidenta de la República Federativa del Brasil. He buscado excusas ocultas en las “razones personales” del escueto comunicado del gobierno nacional, pero no las encuentro. Es que no hay excusa que valga para que una presidenta argentina no asista a la asunción de mando de una presidenta brasileña. Muy mal, salvo que esté realmente enferma…
Y tengo la sospecha bastante fundada de que la presidenta argentina privilegió sus peleas por el poder en el partido justicialista, ya que la hipótesis más probable es la que dice que Cristina Fernández está enojada con Lula da Silva porque el ahora ex presidente del Brasil prologó el último libro de Eduardo Duhalde, el ex presidente de la Argentina, el mismo que propuso a Néstor Kirchner para terminar con Carlos Menem, enemistado con el antiguo matrimonio en el poder a partir de la metamorfosis antipopular del populismo reinante...
Si no se entiende en el Ecuador no importa, ya que en la Argentina nadie entiende nada tampoco. Pero basta que se entienda que por una pelea doméstica en su partido la presidenta de todos los argentinos desairó a la presidenta de todos los brasileños. Hay que agregar a este escenario que la economía argentina no supera hoy la del estado de San Pablo y que hace tiempo que Brasil está liderando los cambios políticos y sociales en el continente. Lula da Silva incorporó 30 millones de brasileños a la clase media y se retiró del poder con el 80% de imagen positiva (leyó bien: se retiró del poder). Para colmo de desaire, Lula da Silva vino especialmente al velorio y entierro de Néstor Kirchner y dijo unas emotivísimas palabras sobre el ex presidente y ex marido en la pasada cumbre de Unasur en Guyana.
Desairar a los brasileños es un pésimo supuesto para basar la política exterior de la Argentina. Pero además mostrar debilidad –depresión de Navidad, dijeron algunos– es una evidente calamidad como estrategia de política interna para la presidenta argentina. Y si el problema es de salud, parece prudente decirlo sin más vueltas.
Pero Cristina Fernández no fue la única mandataria sudamericana que no fue a la toma de posesión de Dilma Rousseff. Evo Morales se la perdió por la rebelión de sus propios votantes en contra del aumento a los combustibles. Evo tuvo que volverse atrás, ya que hasta un aumento de salarios que decretó para paliar los efectos del gasolinazo solo agregó más gasolina al fuego. Desdecirse es una de las alternativas menos recomendables para ningún presidente y menos para uno autoritario por la pérdida de autoridad que supone (lo sabe cualquier padre de familia).
Si Evo Morales y Cristina Fernández no fueron de la partida, Hugo Chávez no se quedó atrás en sus desplantes a la nueva presidenta del Brasil. El presidente de Venezuela hizo mutis por el foro antes de ser recibido en una reunión privada el domingo pasado por la nueva mandataria brasileña. Adujo las inundaciones en su país, pero los analistas explicaron que al bolivariano no le gustó el discurso nada socialista del siglo XXI de Rousseff.

Entonces, ¿qué pasó en Brasilia el fin de semana pasado?

Brasil ha decidido volver a la estrategia de relaciones exteriores del Barón de Río Branco: buenas relaciones y que parezcan independientes de los Estados Unidos de América. Durante su gobierno, Lula da Silva se apartó de ese eje que ahora Dilma recupera por su evidente fracaso. Fue la época en la que Brasil flirteó con Irán, con Chávez y el eje antinorteamericano. El fin de semana pasado, con el cambio de gobierno, apareció el momento oportuno para retornar a la estrategia secular de Itamaraty y de los grandes grupos influyentes de una de las primeras economías del mundo. Además, fue un triunfo de la diplomacia norteamericana en América del Sur: de un plumazo, sin desgastar a Brasil y con bastante suerte, desbarataron la liga antigringa sudamericana. Es la confirmación de una de las reglas elementales de la diplomacia: saber esperar.
Es hora de reconstruir las relaciones del bloque de naciones sudamericanas con los Estados Unidos según el pragmatismo de la política exterior brasileña. Hay que tener buenas relaciones bilaterales y guardar una cómoda independencia sin despreciar los intereses empresariales, el comercio exterior y la defensa del sistema democrático y republicano, siempre presentes en la estrategia exterior de Washington. Y seguir una estrategia común, consensuada y también independiente, entre los sudamericanos. Pero además y sobre todo, es preciso aceptar que el que manda por peso propio en las relaciones de América del Sur con los Estados Unidos es Brasil y no Venezuela ni la Argentina.

viernes, 20 de junio de 2008

La fábula del Indec mentiroso

Opinión Internacional
Gonzalo Peltzer
El matrimonio Kirchner descubrió un método fantástico para combatir los males de la República Argentina: desconocerlos. No existen por decreto y sanseacabó. Parece una medida ingenua y hasta estúpida, pero es cinismo reconcentrado. La democracia dinástica no dialoga porque para ellos el valor de la palabra es cero y lo que opinen los demás es menos que cero.
No importa que la gente se muera de hambre, lo que importa es que se sepa. Lo malo no es la corrupción, sino que alguien la denuncie. En castellano se llama mentiroso al que no dice la verdad, ladrón al que roba, déspota al que se arroga la suma del poder y puerco al maleducado, con perdón de los cerdos. Cínico es el que miente descaradamente y sin que se le mueva un pelo. Los cínicos confunden la verdad con la mentira y el bien con el mal. No les molesta ser mentirosos, ladrones, coimeros, cobardes o inmorales; lo que les molesta es que se sepa y solo porque les puede costar la pérdida del poder. No les molesta el periodismo independiente, lo que les molesta es que sea independiente de ellos. No les molesta que la prensa tome partido: les molesta que esté del lado de los honestos.
En la Argentina, cuando el Indec (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos) empezó a publicar índices de precios que no le gustaban al gobierno, en lugar de abocarse a combatir la inflación que afloraba como una terrible amenaza, el gobierno acusó a sus funcionarios de golpistas, degenerados y vendepatrias y los mandó a la dura calle. Actuó como un alcohólico que niega a muerte su borrachera mientras apenas puede sostenerse en pie y la lengua se le apelotona adentro de la boca. No hay inflación por decreto de la autoridad. Si el sueldo se encoje como la lana en agua caliente, el problema es del bolsillo, no de la plata.
Pero resulta que aunque repetimos una y miles de veces “no hay inflación, no hay inflación, no hay inflación”, los precios siguieron aumentando. Los Kirchner entonces se pusieron de mal humor y decidieron cambiar el modo de hacer las cuentas. Calcularon entonces la inflación con la mostaza, el perejil y las cortinas de enrollar. Y si suben de precio, miden los anteojos bifocales, los sombreros de fieltro y los escarabajos peloteros. Y si eso no resulta miden los peines para calvos, los guantes de mancos y el azúcar que compran los diabéticos.
Este mes el Indec argentino inauguró un nuevo método para averiguar los precios al consumidor (IPC). En vez de medir los precios de bienes y servicios consumidos por toda la población, el nuevo índice mide el consumo de los dos tercios de menores ingresos. La cantidad de bienes y servicios se redujo de 814 a los 440, cuyos precios están bajo acuerdo o controlados por el Estado. Seleccionan a dedo las frutas, verduras de estación y la ropa que pasó de moda con el pretexto –válido si se hace con sistema– de que la gente busca los precios más baratos. Sus técnicos ya no son matemáticos sino manipuladores descarados de la realidad. Con el nuevo método la inflación de mayo les dio 0,6 por ciento cuando con el viejo hubiera dado 1,2 por ciento. Pero para calcular el índice de mayo ni se modificaron los formularios ni se capacitó a los encuestadores, lo que hizo sospechar a todo el mundo de que las cifras se inventaron en la campana de cristal del Secretario de Comercio Interior. Al final el Indec decide mes a mes cuál es la cifra de inflación que más le conviene al gobierno.
Se puede engañar a muchos por poco tiempo o a pocos por mucho. Lo que no se puede es engañar a muchos por un tiempo medianamente prolongado. El problema más grave de la dirigencia argentina es su credibilidad. El gobierno ha mentido tanto que ya no le sirve decir la verdad porque todo el mundo lo tendrá por mentira. La fábula existe en todos los idiomas y en castellano es la del pastor mentiroso, que termina con la sabia moraleja: “¡Cuántas veces resulta de un engaño contra el engañador el mayor daño!”. Es que jugar con la verdad tiene consecuencias terribles de las que no se vuelve. Es la primera y principal corrupción detrás de la que vienen todos los males. El gobierno argentino lo está pagando con su prestigio perdido y el país en llamas.