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viernes, 7 de enero de 2011

Mellizos

Fernando Balseca
Si el ingenio cinematográfico hollywoodense hizo posible que Arnold Schwarzenegger y Danny DeVito resultaran mellizos –al encarnar a Julius y Vincent Benedict en el filme Twins–, en el reino impredecible y espectacularizado de la política el presidente Rafael Correa y el vicepresidente Lenin Moreno también pueden ser considerados mellizos, pues están fraternizados por el manejo del Ejecutivo. Los hermanos de la película –resultado de un experimento genético para lograr el niño perfecto– se ven separados en el nacimiento debido a que solo uno se ha beneficiado de los mejores rasgos de sus padres y el otro se ha quedado con lo menos deseable.
Julius (Schwarzenegger) nace grande, fuerte y sonriente; Vincent (DeVito) es pequeñajo, debilucho y llorón. No podrían existir en el planeta, pues, dos seres más disímiles; sin embargo, biológicamente son hermanos. Con este ejemplo se puede escrutar al Ejecutivo: las personalidades y posiciones del Presidente y el Vicepresidente, en ocasiones, son tan opuestas que es legítimo preguntarse cómo es que ambos se juntaron; no obstante, políticamente son hermanos. Los 84 minutos de la entrevista que esta semana el Vicepresidente concedió a Miguel Rivadeneira y Gonzalo Ruiz en radio Quito arrojan impresiones desconcertantes.
En esa charla, el Vicepresidente evidenció un gran alivio cuando acordaron no hablar de política; mencionó varias circunstancias en que su esposa lo acompañó en momentos clave de su vida; propuso que el humor es un paso crucial para superar el dolor; contó su experiencia sobre la centralidad del perdón; insistió en la supremacía de la amabilidad y la tolerancia; afirmó tener a flor de labios la expresión “discúlpame”; agradeció por el aporte extraordinario de la prensa en algunas campañas emblemáticas de su gestión; verbalizó su negativa a que se eliminen las corridas de toros; y sostuvo que la libertad de expresión le da una sensación de frescura al ambiente social y que preferiría una excesiva y mal llevada libertad a que no hubiera ninguna.
Por tanto, es legítimo saber si el primer y el segundo mandatarios se comunican con frecuencia y, si eso ocurre, qué efecto para el Ecuador produce ese contacto crucial: ¿qué importancia le da el presidente Correa a lo que piensa y declara el Vicepresidente?; ¿qué importancia le da el vicepresidente Moreno a lo que piensa y declara el Presidente? El Presidente y el Vicepresidente parecen consanguíneos de la manera en que Schwarzenegger y DeVito son mellizos. No se trata de que los mandatarios se copien las ideas y palabras para mostrar una armonía políticamente correcta, sino generalizar la realidad de que prácticas radicalmente diferentes entre sí, y a veces hasta contradictorias, pueden y deben compartir el poder.
El vicepresidente Moreno reconoció que el estilo del Presidente en los enlaces sabatinos causa resistencias, pero con firmeza y lealtad resaltó los valores y dones de su colega que, según él, pretende convertir esos enlaces en una escuela de Ecuador que dirija su atención a los habitantes más humildes.
¿Podrá el vicepresidente Moreno ser escuela para el presidente Correa; ser su maestro? Julius y Vincent, después de sobrevivir a incontables aventuras y peligros, al fin se reconocen como hermanos y empiezan a convivir en familia.
El presidente Correa debería aprender un poco más de su mellizo,
nacido del mismo parto político.

viernes, 5 de marzo de 2010

El capó

Fernando Balseca
¿Se han fijado los lectores y televidentes cómo quedó el capó del Grand Vitara SZ blanco –que transportaba a la esposa del Fiscal General de la Nación– como consecuencia del arrollamiento que segó en Quito la vida de la joven madre Natalia Emme?
El tremendo hundimiento nos hace creer que la cubierta era de papel aluminio.
¿Podemos imaginar el sufrimiento del cuerpo impactado por una potencia bestial?
¿Qué descentró así el capó?
¿El cráneo, el tronco, el pecho, la cara?
¿Qué parte de las piernas, los brazos o la cadera provocó que se desprendiera el guardachoques del jeep modelo 2010?
Ese auto oficial estaba en el lugar equivocado.
En una sociedad que respete escrupulosamente el derecho a la vida, bastaría presentar ese vehículo en la sala de estrados para señalar la culpabilidad de quien lo conducía, pues no debe permitirse que se maneje así en la ciudad. Ninguna paranoia justifica la circulación por un carril exclusivo ni el exceso de velocidad (al menos 90 km por hora).
La justicia tendrá que señalar a los responsables de esa muerte en un proceso, esperamos, que ya no esté viciado por la escandalosa parcialidad de los fiscales e investigadores.
Pero debe quedar claro que en este y en otros casos similares el gran asesino es el poder.
El coautor de la muerte de Natalia es el poder político.
Al parecer, la estupidez y la prepotencia les come el coco a esos elegidos que gozan las delicias de estar en un cargo público, a tal punto que dejan de pensar y de sentir y pierden la memoria de quiénes son y de dónde vienen. A Natalia la mata el descontrol estatal que tolera que los carros oficiales se usen como si fueran de pertenencia personal.
Y meditándolo bien, ¿por qué esos funcionarios estatales disponen de vehículos?
¿Por qué olvidamos –incluso en tiempos revolucionarios– que los secretarios de Estado, subsecretarios y demás no son más que nuestros empleados temporales y que no existe justeza cuando el Estado les costea su movilización?¿Por qué ellos y ellas no se pagan la gasolina, el cambio de aceite y la alineación y el balanceo de sus propios automotores como cualquier persona normal?
Tal vez esto consiga que salgan de la tonta irrealidad que conlleva todo ejercicio gobernante.
Habrá revolución cuando las autoridades, incluido el Presidente de la República, sostengan en el corto tiempo una práctica de ciudadanía como la de cualquier peatón.
A Natalia la matan esos que, a costa del Estado, se divierten bailando cumbias en celebraciones privadas con sus cuates y cuatas mientras los choferes-guardaespaldas-pesquisas esperan en la madrugada a que el funcionario concluya su meneíto y su bachata.
A Natalia la mata una concepción, que aún no cambia, por la cual los funcionarios y sus allegados asumen que el Estado, como muestra de agradecimiento por sus “servicios a la patria”, debe concederles inmunidad e impunidad para actuar como a bien tuvieran con los que andan a pie.
Ya es momento –son más de tres años, después de todo– de inventar una normativa éticamente radical que cancele la oprobiosa utilización abusiva del poder político.
El capó del Vitara blanco es una espantosa y dolorosa prueba de las infamias que se producen cuando ellos pierden la cabeza por el poder.

viernes, 20 de junio de 2008

Frankenstein en la Asamblea

Fernando Balseca
Al igual que el científico ginebrino Víctor Frankenstein –quien se propuso sacar vida de la materia inanimada–, los miembros de la Asamblea Constituyente tienen que hacer andar a aquel ser que está siendo fabricado en las mesas y el plenario: la Constitución para el siglo XXI. De lo que se puede apreciar cuando los asambleístas acuden a las entrevistas en los medios, ellos están conscientes de que una carta política actualizada que sancione una estructura diferente de la sociedad es punto de partida para que el país enrute la forja de su nueva era. Obsesionado por los fenómenos inexplicables, el erudito Frankenstein profundizó sus conocimientos acerca de la electricidad y la animación de los cuerpos inertes. La misión de los constituyentes, a su vez, es alzar a un cadáver y darle la esperanza de una existencia digna.
Frankenstein visitó cementerios, panteones y osarios, y descubrió que era capaz de reanimar lo que estaba yerto. Para manipular con mayor facilidad el delicado ensamblaje de fibras, venas y músculos, concibió a un individuo de estatura gigantesca. La tarea de los asambleístas también es de este talante no solo por los cientos de artículos de la Constitución sino por la magnitud de las expectativas que la sociedad mantiene respecto de la excelencia del esperado texto. Alucinado por la dimensión de su empresa, Frankenstein se encerró en su taller, olvidándose de sus allegados, lo que trajo resentimientos de su padre, de su mejor amigo y hasta de su prometida. Los asambleístas también se han visto forzados a un retiro en la provincia, incluso los sábados, separados del calor de sus hogares.
Mientras trabajaba en la confección del nuevo espécimen, el científico reflexionó así: “El ser humano que quiera conseguir la perfección tiene que conservar siempre la mente serena y tranquila, y jamás permitir que la pasión o los deseos pasajeros perturben su serenidad”. Esto parece haber sido escrito para los constituyentes y les sienta perfecto para inspirar su faena. Frankenstein consiguió formar a una criatura que lo decepcionó por monstruosa: calificó de “cadáver demoníaco” y “diablo” cuando miró con detenimiento al ente que había vivificado y se arrepintió de haber sido, él mismo, “el hacedor de un mal incorregible”. Los rasgos de este ser causaron espanto y su porte y fealdad impidieron que la gente viera en él a una persona normal, pues todos huían despavoridos ante su aspecto desgraciado.
Como pasó en la novela Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, el engendro, condenado al aislamiento, fue aborrecido por la comunidad. En más de un sentido los constituyentes son como el sabio Frankenstein, ya que sobre ellos recae la inmensa responsabilidad de lograr que su fruto –la Constitución de 2008– no sea despreciado por la ciudadanía, pues nadie quiere dar con algo que, por sus defectos y deformidades, luego sea rechazado porque no se han resaltado adecuadamente sus bondades. También es absurdo que los asambleístas, de cualquier tienda política, llamen a repudiar a su propia creación. Comportarse como Frankenstein es decirle no al proyecto de la nueva Constitución sin siquiera haberlo conocido y discutido en su totalidad o actuar de tal manera para que la población vote no.